Los sistemas educativos de la actualidad, en su mayor medida, se niegan a reconocer la importancia de la curiosidad. Interesados en poco más que la eficiencia material y la ganancia económica, nuestras instituciones educativas ya no alientan el pensamiento por sí mismo y el libre ejercicio de la imaginación. Las escuelas y los colegios se han convertido en campos de entrenamiento para trabajadores especializados en lugar de foros de cuestionamiento y debate, y las academias y las universidades ya no son viveros para esos curiosos a los que Francis Bacon, en el siglo XVI, llamó “mercaderes de la luz”. Aprendemos a preguntar “¿cuánto costará?”, y “¿cuánto tardará?” en lugar de “¿por qué?”

El título de la entrada es como comienza Alberto Manguel el libro Curiosidad, una historia natural, en éste se aborda el estudio sobre esa característica innata de los animales ya que no es exclusiva del ser humano, aunque el trabajo está centrado en éste último. Al iniciar la lectura me recordó a Carl Sagan y un pasaje del libro Cosmos ya que también aborda el tema resaltando la importancia de seguir fomentando ese espíritu investigador, Carl culpa a los adultos de que niños y jóvenes dejen de cuestionar el mundo, quizá por eso los alumnos que llegan a las instituciones educativas son alumnos que aceptan todos sin preguntar ya que han aprendido que el hacerlo es malo, y lo reafirman cuando conocen profesores que no permiten volver desenpolvar esta cualidad animalística pero tampoco debemos culpar completamente al docente, él también fué educado así, su responsabilidad radica en que ejerciendo tan noble labor no reeducarse.

Pues bien, en este libro  Manguel aborda lo referente a la pregunta constante ¿por qué?, aquí les dejo el primer capítulo.

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