Tengo curiosidad sobre la curiosidad


Los sistemas educativos de la actualidad, en su mayor medida, se niegan a reconocer la importancia de la curiosidad. Interesados en poco más que la eficiencia material y la ganancia económica, nuestras instituciones educativas ya no alientan el pensamiento por sí mismo y el libre ejercicio de la imaginación. Las escuelas y los colegios se han convertido en campos de entrenamiento para trabajadores especializados en lugar de foros de cuestionamiento y debate, y las academias y las universidades ya no son viveros para esos curiosos a los que Francis Bacon, en el siglo XVI, llamó “mercaderes de la luz”. Aprendemos a preguntar “¿cuánto costará?”, y “¿cuánto tardará?” en lugar de “¿por qué?”

El título de la entrada es como comienza Alberto Manguel el libro Curiosidad, una historia natural, en éste se aborda el estudio sobre esa característica innata de los animales ya que no es exclusiva del ser humano, aunque el trabajo está centrado en éste último. Al iniciar la lectura me recordó a Carl Sagan y un pasaje del libro Cosmos ya que también aborda el tema resaltando la importancia de seguir fomentando ese espíritu investigador, Carl culpa a los adultos de que niños y jóvenes dejen de cuestionar el mundo, quizá por eso los alumnos que llegan a las instituciones educativas son alumnos que aceptan todos sin preguntar ya que han aprendido que el hacerlo es malo, y lo reafirman cuando conocen profesores que no permiten volver desenpolvar esta cualidad animalística pero tampoco debemos culpar completamente al docente, él también fué educado así, su responsabilidad radica en que ejerciendo tan noble labor no reeducarse.

Pues bien, en este libro  Manguel aborda lo referente a la pregunta constante ¿por qué?, aquí les dejo el primer capítulo.

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El Contrato Animal


contrato

Hace algún tiempo, el 4 de octubre de 2013 para ser preciso, publiqué una nota que incluyó la reflexión de Desmond Morris sobre el Contrato Animal.

Tras varios años de buscar el libro antes citado, logre encontrarlo, un poco lejos y usado pero valió la pena, ya que está bien cuidado y he logrado satisfacer una inquietud.

Es un libro que les recomiendo leer (tras una buena persecución para encontrarlo) y de éste les dejo, lo que para Desmond es el contrato que debemos cumplir hacia los demás animales.

Ningún animal (o especie) debe:

  1. Ser revestido de cualidades imaginarias relativas al bien o al mal para satisfacer nuestras creencias supersticiosas o nuestros prejuicios religiosos.
  2. Ser degradado o dominado para diversión nuestra.
  3. Ser mantenido en cautividad salvo que sea posible proveerle de un adecuado entorno físico y social.
  4. Ser mantenido como compañero salvo que pueda adaptarse fácilmente al estilo de vida de su dueño humano.
  5. Ser conducida hasta la extinción por persecución directa o por el progresivo aumento de la población humana.
  6. Sufrir o ser sometido a esfuerzos desmesurados para proporcionarnos diversión.
  7. Padecer sufrimiento físico o mental con propósitos experimentales innecesarios.
  8. Ser mantenido en un entorno empobrecido para proporcionarnos alimentos u otros productos.
  9. Ser explotado a causa de su pelo, su piel, su marfil o cualquier otro producto de lujo.
  10. Ser obligado a realizar tareas pesadas que le provoquen estrés o dolor.

Referencia

 

Era sólo una perra


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Continuando con algunas lecturas de Arturo Pérez-Reverte y su libro Perros e Hijos de Perra, les dejo este fragmento:

Era sólo una perra. Una galga flaca y asustada, como las que ahorcan algunos cazadores cuando ya son viejas e inútiles, con tal de ahorrarse un cartucho. Cuatro días estuvo correteando por los túneles del Metro de Madrid sin encontrar la salida. La vieron conductores, vigilantes y viajeros. Fue grabada en video corriendo despavorida por las vías, de túnel en túnel, huyendo de los trenes que pasaban a toda velocidad. Cuatro días de oscuridad, aturdimiento, soledad y angustia. De miedo atroz. Anoche vi uno de esos videos en Internet y me levanté de la silla con una desolación y una mala leche insoportables. Por esto tecleo estas líneas, ahora. Para desahogar mi tristeza y mi frustración. Mi rabia. Para ciscarme por escrito en los responsables del Metro de Madrid y en la puta que los parió.

La galga abandonada fue vista un jueves vagando por los túneles. Corría aterrada por el estruendo de los trenes, esquivándolos en la oscuridad. Al comprobar que el personal del Metro no hacía nada para rescatarla, algunos viajeros avisaron a asociaciones de protección animal, que pidieron permiso para actuar. Ya ocurrió algo semejante en Barcelona, cuando para salvar a un perro perdido en el Metro se detuvo el servicio tres horas, en un rescate en el que participaron bomberos, guardias urbanos y empleados de la perrera municipal. En Madrid, sin embargo, los responsables del transporte subterráneo se negaron a intervenir. Sólo dieron largas: se ocupaban de ello, la galga se había llevado a una protectora de animales, ya no estaba en las vías, etcétera. Enrocada en su estúpida indiferencia, la empresa municipal rechazó todas las propuestas: jaulas trampa puestas en los huecos de los túneles o los andenes, unos minutos de parada de trenes para actuar con una escopeta de dardos narcóticos. Nada de nada. Nosotros nos ocupamos, repetían. Y punto.

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