Sobre la Estupidez Humana


Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera

Albert Einstein

Muchas veces nos hemos preguntado o hemos escuchado preguntar que es lo que distingue al ser humano del resto de los animales, existen un sin fin de características que  aludimos como propias del ser humano, y al hacer un análisis, nos damos cuenta que no es así, tristemente vemos que muchas de ellas son compartidas con el resto de las criaturas no humanas, sin embargo, parece ser que hay una cualidad que nos hace únicos, podríamos gritar el tan célebre ¡Eureka!, de no ser que esa cualidad tan humana es nada menos que la Estupidez.

Al igual que la mediocridad [ver entradas del Hombre Mediocre] la estupidez parecen ser el binomio que caracteriza al Homo sapiens, algo muy preocupante pienso, para el gran egocentrismo que también nos distingue. Y como todo aquello que es susceptible de estudio, la estupidez ha tenido su espacio, han existido sus estudiosos y la población de estudio, llamémosle  estupidillos de indias, que dicho sea de paso, es una población ubicua en el tiempo.

Los animales, los niños, los hombres primitivos se esfuerzan por expresar su voluntad y sus deseos sólo con el fin de satisfacer o de realizar su propia voluntad.

El estudio de la estupidez no es nada nuevo, en el libro de Paul Tabori titulado Historia de la Estupidez Humana hace un recorrido histórico sobre aquellos eruditos que de una u otra manera la han utilizado como materia de estudio, entre sus estudiosos están, sólo se mencionan unos cuantos:

  • Loewenfeld, L. Über die Dummehein [Sobre la Estupidez], 1902 y 1921
  • Pitkin, W.B. A Short Introduction to the History of Human Stupidity, 1932
  • Ráth-Végh, I. La Historia Cultural de la estupidez, Nuevas Estupideces de la Historia Cultural de la Humanidad y El Fin de la Estupidez Humana
  • Rotterdam, E. El Elogio de la Locura, 1509

En este libro Tabori define al estúpido, según Charles Richet, de la siguiente manera:

Estúpido no es el hombre que no comprende algo, sino el que lo comprende bastante bien, y sin embargo procede como si no entendiera.

Y hace una pregunta muy interesante ¿la estupidez duele? y contesta que no, no duele, el hombre estúpido vive siempre en la inconsciencia de su propia estupidez, de producir algún malestar, se daría cuenta de ello y quizá trataría de salir de su letargo. A quienes realmente les duele la estupidez, son a las personas que rodean a estos especímenes, es algo así como un dolor reflejo, o como se diría, duele la estupidez ajena.

Todo esto poco importaría si el estúpido sólo pudiera perjudicarse a sí mismo. Pero la estupidez es el arma humana más letal, la más devastadora epidemia y el más costoso lujo.

Existen muchas muestras de estupideces, en este libro nos hace reflexionar respecto a ello además nos indica algunas de las características del estúpido. Sin embargo, basta ver el comportamiento de muchos de nuestros compatriotas para deducir e identificar a los estúpidos.

Referencia:

  • Paul Tabori, Historia de la Estupidez Humana [liga]

Anuncios

El Hombre Mediocre (II)


Hace algún tiempo  escribí algo respecto a José Ingenieros y su magnifico libro, El Hombre Mediocre, pues bien, hoy que estamos iniciando un nuevo año y que, indudablemente, trae consigo nuevas ilusiones, mayores retos y la certidumbre de que al final del año seremos un poco más sabios que el año que termina, deseo compartir del mismo libro:

La Emoción de un Ideal

Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno; -cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne o un discurso de Helvecio; cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota; -cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir; -y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad o de Belleza.

Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente a una aurora o cimbran en una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reír con Moliére, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecer ante el David, la Cena o el Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando a filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas.

Definiendo su propia emoción, podría decir quien se sintiera poeta: el Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.

Libro en líneaWikisource